Mónico Sánchez Moreno

¿Alguno de vosotros podría pensar que uno de los creadores de los primeros teléfonos móviles hace más de 100 años, que también inventó un aparato de Rayos X portátil, era español?, pues sí, aquel hombre era Mónico Sánchez Moreno (1880-1961).

Mónico se había criado en Piedrabuena (Ciudad Real), “un pueblo grande pero de mala muerte”, en palabras de su biógrafo oficioso. El 75% de sus habitantes eran analfabetos a comienzos de siglo. Era un buen reflejo de la España de la época: en 1901, en todo el país había poco más de 3.000 jóvenes estudiando para ser ingenieros, pero 11.000 lo hacían para ser curas. Sin embargo, Mónico, espoleado intelectualmente por un viejo profesor de la escuela pública de su pueblo, decidió coger todos los ahorros que había ganado, comprarse un traje y emigrar a Madrid para estudiar ingeniería eléctrica. Ni siquiera tenía el bachiller elemental.

El joven castellano-manchego llegó a la capital en 1901, en plena implantación del alumbrado eléctrico y de la electrificación del tranvía. “Mónico presenció por las calles de Madrid vagones tirados a sangre, como se llamaba entonces a la tracción animal, con los primeros que mágicamente se movían por sí mismos”, sin duda estaba embelesado con la electricidad, pero su anhelada escuela de ingenieros industriales de Madrid estaba cerrada por huelgas estudiantiles.

Entonces, tomó una decisión insólita, decidió apuntarse a un curso de electrotecnia a distancia, impartido desde Londres por el ingeniero Joseph Wetzler. Era en inglés y Mónico no sabía ni una palabra de inglés. Pero “debió de seguir el curso por correspondencia de una manera tan rigurosa que el mismísimo Joseph Wetzler se puso en contacto con él”.

Wetzler, que se movía en los entornos de Thomas Edison, recomendó al joven español para una plaza en una empresa de Nueva York. En apenas tres años de esforzadísimo estudio, Mónico Sánchez había saltado de un pueblo de cabras perdido en La Mancha a la que se estaba convirtiendo en la capital cultural del mundo.

El 12 de octubre de 1904, un chaval español de 23 años se subió a un barco en Cádiz con 60 dólares en el bolsillo y destino a Nueva York.

Mónico Sánchez llegó a Nueva York un año después de que Thomas Edison, el padre de la bombilla, hubiera electrocutado a una elefanta delante de 1.500 personas. Y eso era precisamente lo que iba buscando el joven español: la electricidad.

Mónico empezó a trabajar de ayudante de delineante, pero pronto se matriculó en el Instituto de Ingenieros Electricistas, un centro de formación profesional. Y, pronto, cumplió su deseo de ir a la universidad, la de Columbia, para un curso de electrotecnia de unos pocos meses de duración. Era la época de la guerra de las corrientes. Las centrales eléctricas de Nueva York quemaban carbón y petróleo a todo gas. La energía resultante movía dinamos que producían la electricidad. El problema era distribuirla hasta los tranvías y las bombillas de las casas.

Edison, propietario de la compañía General Electric, defendía la corriente eléctrica continua, un fluir perpetuo que implicaba grandes pérdidas en forma de calor por la resistencia de los cables.
Pero, entonces, surgió otra figura espectacular de la ciencia, el ingeniero serbio Nikola Tesla, en la empresa Westinghouse. El científico europeo propuso utilizar una corriente alterna, en la que el chorro varía cíclicamente. La solución era magistral, porque minimizaba las pérdidas, sin embargo, Edison no aceptó las evidencias e inició una ofensiva sosteniendo que la corriente alterna era un peligro para los ciudadanos. “Se metió en una dinámica de lo más espectacular y siniestra: electrocutar animales en público con corriente alterna, sobre todo perros y gatos. Llevó el asunto al extremo con la desdichada elefanta Topsy”.
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Tesla, mientras, se paseaba por teatros haciendo pasar la corriente alterna por su cuerpo en medio de una nube de relámpagos, con corcho bajo sus pies, para mostrar que no era para tanto.

Y en plena guerra de las corrientes, Mónico Sánchez fichó como ingeniero de la Van Houten and Ten Broeck Company, dedicada a la aplicación de la electricidad en los hospitales. Allí, aplicando algunos avances de Tesla, consiguió su gran invento: un aparato de rayos X portátil. Apenas pesaba 10 kilogramos, frente a los 400 kgs. de los equipos tradicionales. Era una máquina ideal para la Gran Guerra que estaba a punto de estallar. Francia compró 60 unidades para sus ambulancias de campaña.

El joven de Piedrabuena se había ganado el respeto de los ingenieros de Nueva York. Uno de ellos era Frederick Collins, volcado en la telefonía sin hilos o lo que es casi lo mismo: en los teléfonos móviles. Sus aparatos podían comunicarse a más de 100 kilómetros, sin cables. El problema es que su teléfono, con un micrófono de carbón, “se calentaba poco a poco y terminaba ardiendo al cuarto de hora de estar hablando sin interrupción”,

La Collins Wireless Telephone Company contrató a Mónico Sánchez como ingeniero jefe, con la intención de vender su aparato portátil de rayos X, que pasó a bautizarse The Collins Sánchez Portable Apparatus. Collins ofreció 500.000 dólares al castellano-manchego por su invento.

El sueño duró muy poco. La empresa de Collins comenzó una gran campaña de propaganda para vender acciones, sugiriendo que la telefonía móvil en coches, trenes y barcos ya era una realidad. Cuatro ejecutivos, incluido Collins, acabaron en la cárcel. En su sentencia se aludía a un presunto fraude en sus demostraciones en lugares públicos, limitadas a conversaciones breves para que los teléfonos no echaran chispas. Cuando estalló el escándalo, Mónico ya había abandonado la empresa.

Tan sólo nueve años después, regresó de EEUU con un millón de dólares en el bolsillo, después de participar en la creación de los primeros teléfonos móviles, y de inventar un aparato de rayos X portátil que salvó a más de un soldado en la Primera Guerra Mundial.

En 1912, con 32 años y realmente rico, el hombre que iba para analfabeto regresó a España convertido en un emprendedor millonario, y entonces se le ocurrió “un proyecto inviable y extravagante”, como lo define Lozano Leyva: construir un centro de alta tecnología en su pueblo castellano-manchego y fabricar allí sus aparatos portátiles de rayos X.

En 1913 ya estaba en pie el Laboratorio Eléctrico Sánchez. El problema es que en Piedrabuena no había electricidad, pero eso no le detuvo. Montó una central eléctrica en su pueblo, abastecida por el carbón llegado en carros tirados por mulas. Y casi todo Piedrabuena acabó teniendo luz eléctrica, previo pago.

Muchos de los aparatos que fabricó el inventor en su pueblo a partir de 1913 se exponen hoy en el Museo Nacional de Ciencia y Tecnología, con sedes en A Coruña y Madrid. 

Mónico celebró la caída de la Monarquía y la llegada de la Segunda República en 1931, pero cuando comenzó la Guerra Civil no supo dónde situarse. Primero, los milicianos incautaron su laboratorio. Un día, incluso, fueron a buscarlo con una excusa peregrina y, como no estaba, se llevaron a su segundo, al cual no lo volvieron a ver con vida. Tras la guerra, sin embargo, el jefe de Falange en la región acusó a Sánchez del asesinato, aunque jamás fue procesado.

“Mónico Sánchez volvió de Nueva York y quiso elevar el nivel de vida de su pueblo, era un hombre de progreso”, explica Rozas. 

Mónico murió en 1961, cuando su nieta Isabel Estébanez Sánchez tenía 10 años. “El final de la fábrica de mi abuelo fue bastante penoso, porque dejó de vender y ya no tenía energía. Tenía ciertas dificultades económicas, pero montó un cine en Piedrabuena”, recuerda su nieta, física y profesora. Ella tiene un grupo de alumnos a los que da clases a distancia, como estudió el gran Mónico.

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