Carlos I de España (I)

No nos hemos olvidado de tan insigne monográfico tan repleto de detalles y anécdotas sobre nuestros reyes a lo largo de la historia.

Hoy empezamos con la serie de varios capítulos que nos llevará a conocer a uno de los más especiales desde el momento de su nacimiento, el Emperador Carlos I de España y V de Alemania.

Cuenta la historia que Juana de Castilla (La Loca), mujer de Felipe el Hermoso (primer Habsburgo en la corona española), embarazadísima de Carlos I, salió a buscar a su marido a una fiesta para intentar frenar las ansias seductoras de su esposo y en ese momento se sintió indispuesta y se retiró a una habitación próxima habilitada como excusado. Allí, entre orgánicos detritus y deletéreos aromas, para justificación de estoicos y confusión de consumistas, nació el 24 de febrero de 1500, Carlos I de España y V de Alemania, señor de dos mundos«.

Era hombre de mediana estatura, en general bien proporcionado, de frente amplia, el color pálido, la nariz aguileña, los ojos azules, de mirar enérgico y ojos ávidos.

Su mayor defecto físico era la mandíbula inferior, porque se dice que tenía la dentadura tan desproporcionada con la de arriba que los dientes no se encontraban nunca, de lo cual se seguían dos daños: el uno tener el habla en gran manera dura, sus palabras eran como belfo, y lo otro tener en el comer mucho trabajo; por no encontrarse los dientes no podía mascar lo que comía, ni bien digerir, de lo cual venía muchas veces a enfermar».

Carlos era flemático, algo indeciso, pacífico, moderado y aparentemente frío. La visión de una araña le aterrorizaba, y empalidecía con sólo pensar en un ratoncillo. 

La educación que recibió por parte de su tía Margarita y de Adriano de Utrecht fue más acertada que la de otros príncipes e hizo de él un apasionado del arte, de la música y de los libros. Llegó a descubrir en cualquier composición musical el menor plagio y fue la música su mayor pasión.

Desde jovencito era dado a los excesos en la comida: «Tenía la costumbre de tomar, por la mañana, al despertarse una escudilla de jugo de capón, con leche, azúcar y especias, después de la cual se volvía a dormir. A mediodía comía una gran variedad de platos, hacía la colación pocos instantes después de víspera y a la una de la noche cenaba, tomando en esas diversas comidas de cosas propias para engendrar humores espesos y viscosos…».

Al venir Carlos V a tomar posesión de la corona de España conoció las fiestas de toros, en las que eran actores los nobles, y cuentan las crónicas que por emular a éstos tomó parte activa en algunas de aquéllas y hasta llegó a matar un toro de una lanzada, en Valladolid, para festejar el nacimiento de su hijo, el que luego sería Felipe II.

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